Me demoré un buen rato en comprender la razón por la cual tenía una gran rivalidad con los hombres en cualquier aspecto de mi vida que aparecieran. Necesité varios aprendizajes a través de rupturas en relaciones para darme cuenta que deseaba vivir en una eterna guerra con ellos, la cual me sentía incapaz de abandonar. […]

Me demoré un buen rato en comprender la razón por la cual tenía una gran rivalidad con los hombres en cualquier aspecto de mi vida que aparecieran.

Necesité varios aprendizajes a través de rupturas en relaciones para darme cuenta que deseaba vivir en una eterna guerra con ellos, la cual me sentía incapaz de abandonar. Crecí en una familia muy tradicional, donde las madres han sido las primeras en promover el machismo con los hijos; sin embargo, el desprecio por la pareja y sus actos, era demasiado evidente rechazo total, queja, malestar, sin tomar nunca acción, gracias a esas creencias llenas de miedo que nos han invitado a creer: “esa es la cruz que Dios le mandó”, “el matrimonio es para toda vida”, “una mujer sola está expuesta a muchas cosas”, sin darnos cuenta que el verdadero peligro para nosotras somos nosotras mismas.

Gracias a que un día me comencé a mirar yo, sin culpar a mi pareja, a mi mamá o a la cultura, me di cuenta que podía ser una mujer con mucha fuerza y a la vez con mucho amor, que no tenía que comportarme como un hombre para ser vista y tampoco pisotearlos a ellos para sentirme segura. Me hice responsable y decidí abandonar la queja, me hice fuerte y solté lo que ya no iba con mi vida, decidí volverme más amorosa, más comprensiva y más tierna y me encontré conmigo misma.

Me hice cargo de mis fantasmas, me transformé, me arriesgué y un día, mi vida se convirtió en una maravillosa experiencia.

No me crean, ¡VERIFIQUEN!

Gloria Arroyave B.